A un mes de la muerte de Chessex. La confesión del Pastor Burg.

CUADERNILLO DE NOTAS.

Suiza ha perdido uno de sus más grandes exponentes de las letras francófonas: Jacques Chessex.

Su partida, tan inesperada como a la vez gloriosa, fue una sacudida para los que forman parte del círculo cultural suizo.

Han pasado ya treinta días de aquel viernes 9 de octubre en el que durante un debate en la biblioteca de Yverdon-les-Bains, luego de una conferencia relativa a su texto “Las Confesiones del Pastor Burg”, el autor del “Vampiro de Ropraz” se desplomara.

Aún recuerdo cuando escuché la noticia. Inesperado. Tan sólo unas horas antes había visto pasar al escritor en su auto y ni qué decir… cada mañana, por la ventana de la habitación, además del campo, las vacas y el solitario árbol de cerezas, lo primero que se vislumbra es la pequeña hilera de las casas de mis vecinos. Justo la que está frente al cementerio, es (era) la casa del hacedor de letras.

En la Catedral de Lausanne se dieron cita cientos de personas para darle el último adiós al controversial Chessex. Mientras que en mi pueblo, la profundidad del silencio se hacía más grande. Todo el fin de semana había llovido y este era el primer día que el sol se asomaba tímido y escurridizo. Las campanas de la capilla estaban casi mudas. Familiares y amigos cercanos se dieron cita fuera de la capilla y se dirigieron al cementerio, el mismo al que Chessex saludara cada día. El lugar ya estaba designado, hacía tiempo que el mismo novelista y poeta había escogido el espacio que lo cobijaría por el resto de la eternidad.

Como cada martes por la mañana, mis actividades me obligan a visitar la sala de la comuna. Ese día, por las grandes ventanas de la sala, vi caminar cabizbajo a Alain Guilleron, gran amigo de Chessex y director de la Fundación Estrée de Ropraz. Junto a él, una dama que no alcancé a distinguir. Ambos caminaron con rumbo al cementerio y frente a su muro, a un costado del camino, estuvieron parados por un largo tiempo.

El Café de la Post parecía más silencioso que de costumbre. A la entrada, en la mesa que suele presentar trípticos y promoción para los eventos culturales de la Galería de arte, en lugar de los “affiches” esta vez había un periódico. En primera plana, una foto enorme de Jaques Chessex. A cada lado del periódico, una vela encendida y flores. Dentro del restaurante, la escena se repetía. Una mesa rectangular presentaba cual “brazos abiertos” dos o tres distintos periódicos en cuyas páginas de portada se daba la noticia del deceso del ganador del premio Goncourt. Velas, flores y en esta ocasión, había también una pequeña caja de cartón blanca en la que se podían leer notas con tachones y correcciones, escritas del puño del desaparecido autor.

Su obra… ya tendré tiempo de comentarla. Por el momento, compartiré mis impresiones de la obra teatral o monólogo que presencié el pasado sábado 7 de noviembre.

Un año atrás, el director del Estrée, propuso que la puesta en escena de “Las confesiones del Pastor Burg” de Chessex (una obra que en su tiempo causó gran revuelo e incluso, su prohibición), fuera el pretexto para que la Galería de arte se vistiera de teatro y recibir “en casa” la creación del novelista, poeta , vecino y miembro de honor de la fundación de arte.

La idea de hacer la representación en el Estrée nació de la inquietud de honrar en vida al escritor, quien desde 1976 habitase el tranquilo pueblo de Ropraz.  Las funciones que se habían previsto como homenaje en vida se convirtieron en “Homenaje tras su partida”.

Tal como el nombre de la novela, “confieso” que no la he leído. Como quiera, he reconocido la pluma de Chessex en los parlamentos de la pieza de teatro, la cual, hay que decirlo, es un trabajo realizado con una calidad histriónica excepcional.

La confesión del pastor Burg fue escrita en 1967. El texto narra los amores trágicos del señor Burg, un pastor fundamentalista, y de Geneviève, una menor de edad que asiste al catecismo. Bastante actual el argumento, mismo que en sus primeros tiempos fue criticado severamente.

El trabajo actoral de Frédéric Landenberg me dejó sorprendida. Increíblemente bien actuado. En un espacio de 1 hora y 40 minutos, el actor presentó un pasteur Burg que se debatía entre el deseo de venganza, los deseos de la “carne”, su amor al orden divino y lo correctamente moral. Un monólogo apasionante, de intensidad abrumadora. Bravo a Fréderic Landenberg y bravo a Didier Nkebereza, su director.

Hasta aquí la nota del cuadernillo.

– Tania Michel

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